miércoles, 17 de julio de 2019

La fuerza de la voluntad


La voluntad es uno de los ejes fundamentales de la acción combativa. Si no tenemos voluntad de lucha poco podemos hacer frente a una agresión. 
En la tradición médica china, la voluntad (Zhì) forma parte del entramado psíquico que corresponde a la acción psico-energética del riñón en su organización desde el órgano emperador que es el corazón, residencia última del Shen (espíritu).
Es fundamental, aunque nos suene a chino, que enmarquemos el fenómeno de la voluntad en el plano de observación adecuado a nuestro contexto para poder reflexionar de forma justa y proporcionada sobre él.
Nos referíamos al comienzo de la entrada de la importancia de la voluntad en la acción combativa. Las personas que no han combatido nunca quizá no pueden entender en absoluto a qué nos referimos con esto.
Nuestro programa natural de supervivencia nos prepara biológicamente para la acción generando cambios en nuestro comportamiento, en nuestro metabolismo, en nuestra fisiología y en nuestras características sensitivas directamente relacionadas con la percepción del peligro.
La supervivencia está igualmente relacionada con los riñones en la tradición china, una tradición de miles de años que coincide en un modelo científico-filosófico diferente al occidental en tanto que identifica, miles de años antes, lo que ahora conocemos como eje hipotalámico hipofisario adrenal, un enlace o circuito entre nuestro sistema endocrino y nuestro sistema nervioso evolucionado para ponernos las pilas si la cosa se pone negra. 
Cuando nos encontramos frente a una situación de peligro, de riesgo para la vida, todo se reduce a salir corriendo o a enfrentarse a la situación. Si salir corriendo no es una opción, todo lo que nos queda es mirar de frente el peligro.
A veces banalizamos mucho las respuestas reactivas de algunas personas sometidas al estrés de una agresión, como si pudiésemos abordar los acontecimientos desde un punto de vista exclusivamente racional. La toma de decisiones en este tipo de situaciones queda circunscrita a un ámbito reactivo que suele estar gobernado por partes de nuestro cerebro no sujetas al ámbito racional.
No podemos prever con certeza cómo vamos a reaccionar frente a una situación de riesgo vital, y mucho menos si no tenemos el adiestramiento efectivo oportuno. En este sentido, los maestros hablan de la importancia de consolidar la voluntad antes que la técnica para poder gozar de algo de previsión en nuestra conducta.
En muchas escuelas se obligaba a los aspirantes que querían ingresar en ellas a hacer periodos insufribles de posición de jinete (Ma Bu) antes de admitirlos. Se intentaba poner a prueba la voluntad que tenía el alumno para aprender el arte. 
Entender la voluntad como un elemento entrenable no es fácil. Cada vez que hablamos de aspectos psicológicos parecemos olvidar que la conducta, las reacciones, nuestra forma de focalizar la observación de una situación, de normalizar sus parámetros fijos y variables, todo ello es ,de algún modo, susceptible de educarse siguiendo un método específico. Cuando las emociones entran en juego de forma automática, solo una enorme fuerza de voluntad nos permite inhibir o perfilar nuestras respuestas a la situación. ¿De dónde surge en realidad esta fuerza de voluntad?
La voluntad de supervivencia requiere que tengamos muy claro dos cuestiones fundamentales: quienes somos y quienes queremos ser. Parece una frase hecha y que tiene poco que ver con el tipo de situaciones a las que nos referimos, pero si queremos entender la voluntad tenemos que desenterrar sus raíces para ver cómo podemos fortalecerla.
En estos tiempos es fácil confundir Vida con posesión de cosas, profesión, trabajo, estatus, jerarquía o prestigio. La tradición nos indica que experimentar la Vida, sentirse vivo, requiere consciencia pura de varias cosas: del instante en el que estamos, de quiénes somos en ese instante, de por qué estamos ahí y hacia dónde nos dirigimos con sentido. Esta consciencia, este sentirse vivo, es en gran medida uno de los pilares fundamentales de la voluntad.
El entrenamiento tiene sus rituales, tiene modelos de preparación física, de acondicionamiento, de desarrollo de bases y de estudio de las técnicas, las tácticas y las estrategias frente al conflicto. Pero tiene sobre todo la exigencia de continuidad, de perseverancia, de insistencia y de materializar la voluntad de aprender cuando todo nos invita al abandono. 
El desarrollo de la voluntad de combate parte de nuestra capacidad para darnos cuenta de que, para tenerla en el combate, tenemos que tenerla previamente en todo lo demás. Cuanto más se complica la situación más sólida debe de ser nuestra voluntad para no salir corriendo, o para no quedarnos completamente paralizados. Debemos reflexionar profundamente sobre esto.
Su cultivo diario consiste en no decaer en nuestros compromisos interiores, nuestro proyecto profundo de avanzar en una dirección, con un sentido y conscientes de quienes somos.
El Zhì se alimenta desde la base, desde el autoconocimiento de nuestras fortalezas y nuestras debilidades, solo así podemos hacer frente sin miedo a los retos que sin duda han de venir. 
No podemos olvidar que la voluntad es quebrada por el miedo, la emoción negativa asociada a los riñones en la tradición médica china. El miedo difumina nuestras voluntad y nos paraliza o nos empuja fuera del espacio en el que teníamos oportunidades de acción. Es la alarma que nos avisa de que corremos peligro, pero es también el enemigo que interfiere en nuestra voluntad si no sabemos reducir su mensaje cuando ya no es necesario al 100%.
Voluntad e intención van de la mano en las acciones del combate. La voluntad de vencer a nuestro oponente, de seguir en pie pese a todo, es el comienzo de un plano en el que prospera la intención decidida de la acción. Queremos hacerlo y debemos hacerlo para poder seguir construyendo nuestro puente personal hacia el destino que hemos decidido alcanzar. 
Hay momentos en los que la debilidad intenta germinar en nuestro interior. Podemos sobreponernos a ello, pero desde la inercia de la costumbre de cumplir el ritual del guerrero, de ponernos en pie a diario dispuestos a utilizar la energía que tenemos para afrontar los retos diarios de la vida.
No podemos perdernos en las alquimias del pasado, en las ideologías reconfortantes del bienestar, en las químicas que nos pueden sacar del ensueño al que nos llevan los cantos de las sirenas de la comodidad. Perecer en la inacción es un delito hacia la humanidad, la que pretendemos expresar a través de nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones.
La voluntad no aparece por arte de magia, debe ser gestada, enriquecida, fortalecida  y expresada en todos y cada uno de los actos de la vida. Todo aquello que nos hace fallar, que nos reduce la conciencia de utilidad, de sentido; todo aquello que se empeña en convertirnos en pacientes esperando a que la vida se termine, va en contra del principio sagrado de la supervivencia.
Las artes marciales tienen ahí su sentido, tienen ahí su propuesta y su reivindicación atemporal. Entrenamos y fortalecemos con ello la voluntad, la analizamos y aprendemos a querer hacer aquello que queremos hacer, sin dudas, sin titubeos, sin demoras. Aprendemos el arte de motivarnos desde el eje motivador más potente que existe, el de mantenernos con vida para que nuestro Ser se manifieste y se proyecte hacia el futuro, por nuestro bien y por el bien de todas las personas que comparten con nosotros la Vida. 

miércoles, 3 de julio de 2019

Destruir las manadas



«Así nacen siempre las guerras: de un juego con palabras peligrosas, de una superexcitación de las pasiones nacionales; y así también los crímenes políticos; ningún vicio y ninguna brutalidad en la tierra han vertido tanta sangre como la cobardía humana»
La semana pasada me preguntaba la madre de una alumna qué pensaba acerca de «La Manada». La verdad es que no pude responderle directamente porque todo lo que viene a mi instinto cuando pienso sobre el tema me bloquea la lógica de inmediato. Si algo he aprendido con el discurrir de los años es el peligro que tienen las palabras pronunciadas en caliente, máxime cuando uno puede ser foco de influencia para personas que están definiendo una postura sobre algún tema concreto. Sin embargo, en este tema no consigo deshacerme de la misma sensación ni siquiera en frío.
En nuestra sociedad avanzamos en una dirección no siempre clara. Queremos ser buenos frente a los malos y eso, aunque no nos guste admitirlo, no funciona.  A veces derivamos los análisis de culpa a personas que sufren vejaciones o que son realmente las víctimas de un suceso, inadmisible. Si cinco individuos golpean y violan a una niña de 12 años no hay valoración bidireccional que hacer. Veamos algunos datos.
En el primer trimestre del año, según el Ministerio del interior, se registraron en Andalucía 54 agresiones sexuales con penetración, Informe primer trimestre 2019 .
Según el Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior, en el año 2018 se incrementaron en un  28,4% las agresiones sexuales con penetración respecto a 2017. Tan solo en el primer trimestre de 2019 se denunciaba una violación cada 6 horas.
En un artículo de Ángeles Escriba del periódico El Mundo (leer artículo), titulado Anatomía de las 101 manadas, se cita que desde el 2016 han actuado en nuestro país 101 manadas con unos 350 detenidos. El fenómeno no es minoritario, crece, y es fundamental abordarlo desde todos los estamentos. También se señala en dicho artículo que la mayoría de las violadas en estos casos son menores de edad, muchas no llegan a los 12 años. Otro dato significativo es que muchas de estas manadas están compuestas por menores que salen pronto a la calle tras el delito y no sufren apenas las consecuencias de sus actos, tal y como cabría esperar.
Las grabaciones de los delitos por parte de los agresores, violadores o como se determine legalmente que pueden ser llamados estos seres repugnantes, son otro factor clave que incrementa la humillación y el terror de las víctimas cuando estas imágenes circulan después por las redes sociales.
¿Qué se puede decir de todo esto? Ahí van algunas reflexiones personales al respecto. La primera, no es admisible ningún tipo de crítica sobre las circunstancias, condiciones, situación de la víctima como aparente provocadora del suceso. Es inadmisible que se escuchen este tipo de cosas de gente con algún tipo de influencia social. Que sea de noche, que se lleve determinado tipo de ropa o que el riesgo es aceptado y va implícito en la relación con los agresores, son argumentos de un nivel tan bajo que no merece la pena ni ahondar en la crítica. No es tan difícil diferenciar a la víctima del agresor, el que los confunde debería ir a un psicólogo para que analice su extraña empatía con estos malditos bastardos y le ponga algún tipo de terapia clarificadora.
Sabiendo cómo está el patio, es necesario que eduquemos, y ya, en prevención y en materia de seguridad a nuestras menores sin que ello implique que caiga sobre ellas ningún tipo de responsabilidad sobre este tipo de sucesos. Es importante que todas las mujeres sean conscientes del riesgo de irse solas de copas con cinco desconocidos y dejar que el alcohol y cualquier tipo de droga mermen su conciencia. Está claro que no hay que caer en la neurosis, pero tampoco ir por la vida como si este tipo de cosas no ocurriesen. Por desgracia la realidad nos impacta a diario en la cara, los datos hablan por sí mismos y el riesgo, nos guste o no admitirlo, es brutalmente real.
Tenemos que actuar, todos y todas, porque el futuro no parece muy halagüeño. Insistimos siempre en que la defensa de la ciudadanía corresponde a nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad, pero en la inmediatez del sufrimiento, en el instante inmediato de la agresión es más que posible que no haya un policía o transeúnte que pueda socorrer a la víctima. Es importante asumir este riesgo en la sociedad en la que vivimos, ser previsores y dotarnos de capacidad de actuar frente a estas situaciones.
Ser hombre no lleva implícito un potencial de pertenecer a un grupo de delincuentes, sociópatas o psicópatas de ningún tipo. Las manadas están constituidas por hombres, es evidente, pero la mayoría de los hombres despreciamos a estos individuos repugnantes. En nuestra filosofía marcial, en un estado de equilibrio, el yang protege al yin siempre, así de simple.
Recuerdo siempre que nuestra legislación, en la Ley Orgánica 10/95, de 23 de noviembre, del Código penal, en concreto en el título XI sobre La omisión del deber de socorro en su artículo 195 se señala:
«El que no socorriere a una persona que se halle desamparada y en peligro manifiesto y grave, cuando pudiere hacerlo sin riesgo propio ni de terceros, será castigado con la pena de multa de tres a doce meses», «En las mismas penas incurrirá el que, impedido de prestar socorro, no demande con urgencia auxilio ajeno».
¿Qué quiero resaltar con esto? Que debemos denunciar cualquier acto que nos huela a Manada. Que cuando veamos algo así tenemos que intervenir de inmediato, y si no podemos solos tenemos que solicitar ayuda. Esto parece muy arriesgado. De hecho, si observamos los dos apartados que hemos detallado sobre el delito de omisión del deber de socorro, se especifica que el socorro no debe suponer riesgo propio ni de terceros. ¿Cómo se puede ayudar a alguien que está siendo agredido sin que esto suponga un riesgo para nosotros o para cualquiera de los implicados? Lo veo complicado.
Creo que el texto parece poco claro, pero personalmente interpreto que la ausencia de riesgo propio ni de terceros no es un imperativo contra la acción, es más un eximente para personas que no intervienen en determinadas situaciones en las que cabría prestar socorro, amparándose en el riesgo que les supondría intervenir.
Que podamos quedar libres de culpas legales por no intervenir no soluciona el problema social, moral y de conciencia frente al que nos encontramos. Si tenemos capacidad operativa para intervenir en una situación de este tipo creo que debemos hacerlo. Basta ponerse por un instante en la piel de una niña de 12 años que es golpeada y violada por varios individuos para descartar cualquier argumento para no prestar socorro tal y como nos pide la ley. Tenemos que hacerlo y asumir la responsabilidad que nos corresponda por un acto de socorro imprescindible.
Las leyes tienen que cambiar, el peso de la ley debe ser realmente brutal y a la altura de esta monstruosidad. Si una agresión de un hombre a una mujer es un claro ejemplo de cobardía, vileza y villanía, que esto lo hagan en grupo les hace merecedores de la peor de las penas. Sinceramente me importa un pimiento si han tenido vidas complicadas, si su cultura tolera este tipo de cosas en cierto modo, si al ser jóvenes hay que darles una segunda oportunidad; las leyes están para crear una sociedad pacífica y saludable en la que podamos vivir en paz, aquellos que quebranten esta norma tienen que sufrir las más severas consecuencias posibles, unas consecuencias que hagan desistir de emulación al que se le pase este tipo de aberraciones por la cabeza. Debemos educar con el ejemplo y aplicar las leyes con rotundidad. Si alguien que comete un delito de este tipo se pudre en la cárcel hasta el final de sus días más de uno se lo pensará.
Estamos en una batalla entre gente que no acepta determinadas reglas y gente que sí. Queremos seguridad pero no estamos dispuestos a pagar el precio que esta seguridad conlleva. Tenemos que denunciar, intervenir, ser proactivos para que este fenómeno, no solo se reduzca, sino que desaparezca por completo. Si eso se lleva a algún monstruo de estos por delante, me alegro, seguramente en la cárcel comerá, tendrá hilo musical y podrá disfrutar de los placeres sexuales que otros reclusos de su misma estopa quieran otorgarles.
Si seguimos en un punto blando frente a un problema tan duro, lo pagarán menores de edad, mujeres indefensas o incluso algún que otro incauto que sigue insistiendo en reclamarnos que tengamos en cuenta los derechos humanos de estos seres inhumanos. Si con esto caigo en una radicalidad, que así sea. Radical es hundirle la vida a una criatura que tendrá pesadillas el resto de su vida porque unos desgraciados decidieron pasar un rato agradable pese a todo.
Ese «todo» no significa nada ahora mismo. Tenemos que hacer que ese «todo» sea realmente una pesadilla permanente para estos faltos de empatía, con las ideas poco claras o con una visión de la sexualidad contaminada por horas de porno y de basura mental. Es importante que decidan retirarse de la vida pública antes que hundirle la vida a nadie o que, de hacerlo, asuman las más terribles consecuencias que nuestro sistema legal sea capaz de generar. No creo que se merezcan nada menos que esto.


jueves, 27 de junio de 2019

El nivel de los héroes


Imagen de Heri Santoso

« Yo juro que vale más ser de baja condición y codearse alegremente con gentes humildes, que no encontrarse muy encumbrado, con una resplandeciente pesadumbre y llevar una dorada tristeza.»
Shakespeare
Cultivar el hábito de reflexionar sobre la práctica es una buena manera de no perderle el paso a la realidad que nos ocupa, sobre todo en algo tan controvertido como el entrenamiento de las artes marciales.
Hablamos en muchos casos de lo que es y lo que no es correcto en la práctica, lo que demarca la efectividad, la realidad del entrenamiento, la verdad absoluta que no todo el mundo tiene. Por supuesto nadie la tiene, pero ejercemos el derecho a proclamar nuestras aparentes verdades, nuestras verdades subjetivas, como si realmente no hubiese ningún otro enfoque paradigmático para definir en qué consiste el nivel de las cosas.
Perdemos el norte y eso nos devuelve normalmente a la realidad implacable que nos aleja del sentido real del entrenamiento; es cuando comenzamos a ver la docencia, por ejemplo, como un mero negocio de venta,  cuando comenzamos a ver la competición, otro ejemplo, como lo único que sustenta un modelo de esfuerzo mantenido en el tiempo, cuando comenzamos a ver a las otras escuelas como competencia, no siempre leal; es cuando comenzamos a pensar que nadie más que nosotros mismos se merece cualquier tipo de éxito porque estamos, sin duda, en la absoluta posesión del poder real que estos sistemas otorgan solo a unos cuantos iluminados (se sobreentiende la ironía).
Sin hacer gala de todo esto que estoy realmente criticando, sí que me parece que nos distanciamos de esta realidad cuando lo basamos todo en esta hegemonía del yo por delante del nosotros. Cuando hablamos del nivel en el arte no nos estamos refiriendo a un mero ejercicio de demostración técnica, de poder, de conocimiento, de habilidad, etc. También estamos hablando de humanidad, de amabilidad, de humildad real o de empatía, entre muchos otros valores más.
Las artes marciales tienen su yang expansivo, pero también tienen su yin introspectivo en el que debemos estar a la altura interior de la expansión que lo externo nos propone. Olvidamos que el Wude marca el objetivo real de la práctica, en tanto nos convierte en mejores personas; sí, aunque no lo parezca, este es uno de los objetivos más elevados de la práctica. Y lo es por todo aquello que deriva de su búsqueda a través del entrenamiento.
Estos beneficios derivados se traducen como fortaleza del carácter, solidez y magnitud de valores y la corresponsabilidad asumida con la claridad en el énfasis por controlar nuestras pulsiones, comprenderlas y hacer el esfuerzo de trascenderlas. Muchos no han tenido verdaderos maestros que demuestren esta calidad humana, esta capacidad de entender que la práctica del arte es una herramienta para fortalecer el espíritu.
Hablamos de transmutación de la energía desde un Jing (esencia matriz) incipiente a un Shen (espíritu) inasible, pero lo hablamos en términos de alquimia como si se tratase de productos que tenemos que elaborar; como si fuésemos una destilería energética en la que los materiales y los productos que elaboramos fuesen algo distinto a nosotros mismos. Es el alma la que participa directamente en todo este proceso de transmutación.
Un proceso en el que nuestro cerebro reptiliano acaba admitiendo los valores que nuestra parte racional y emocional acuerdan para mejora de la humanidad con la que convivimos. Si perdemos los valores humanos, la práctica, como todo, se acaba convirtiendo en un esbirro más del ego, este eterno compañero que algunos denostan, otros niegan y algunos admiten como inseparable sombra de lo que somos pero digno y susceptible de ser EDUCADO (las mayúsculas son intencionadas).
El valor del practicante, el nivel, su calidad en la práctica, no se mide por la perfección de sus posiciones, por su palmarés deportivo o por su capacidad para dañar y lastimar a cualquiera sin compasión. El verdadero valor, desde mi personal punto de vista, reside en la capacidad de utilizar el entrenamiento para ser más útiles a una sociedad necesitada de héroes de verdad. Héroes que asuman con solidez y sentido el trabajo diario de superar los obstáculos que la vida nos exige para sobrevivir, para dar felicidad y sustento a los nuestros sin lastimar a nadie.
Estos héroes o heroínas, son personas que utilizan el entrenamiento como un modo de pulir el espejo en el que se miran diariamente para descubrir si son la persona que les gustaría tener siempre a su lado. Los que madrugan para asumir su responsabilidad con su comunidad sin menoscabo de obrar con sinceridad, amabilidad, respeto y gratitud por una vida sin enfermedades, con trabajo, con ilusiones y con sentido.
A veces confundimos esto y no está mal recordar que el bien y el mal coexisten, están dentro de todos y cada uno de nosotros. Unos alimentamos a una parte y otros la otra. Algunos no terminan de decidir cuál les corresponde alimentar. Las artes marciales despejan esta duda aceptando el lobo sanguinario que vive en nuestro interior y educándolo como el perro que queremos que nos acompañe para dar calor y seguridad, cuando será preciso, a un corazón helado por el riesgo inherente a la vida.
Ser más malos no nos permite sobrevivir ante el mal, un mal innegable. Lo que los maestros nos transmiten es que la única posibilidad de sobrevivir radica en ser más justos, tener valores más grandes que nosotros mismos y desarrollar el poder de proteger estos valores poniendo la vida en la cúspide para que una simple tontería no acabe en una espiral de desgracias.
El entrenamiento efectivo es el que nos hace mejores personas y el que nos invita a esforzarnos por mejorar nuestra técnica, simplemente porque somos conscientes de que en el proceso de hacerlo crecemos, conocemos mejor nuestras limitaciones y nos aproximamos más a nuestro centro para descubrir quiénes somos y quiénes queremos ser.
Ese es, desde mi punto de vista, lo que delimita el nivel de un practicante real, por encima de sus victorias, su invencibilidad, sus capacidades, su estética o su visión reduccionista de una vida en la que lo único que prima es ser mejor que los demás. Ya sabemos a dónde conduce esta visión y no creo que intentar transmitirla tenga el más mínimo sentido.
Celebremos el Wude, la vida y una visión de la práctica humana y con sentido para que podamos disfrutar de ella, crecer y compartir sus maravillosas propuestas para el crecimiento del individuo y de la sociedad.