martes, 20 de noviembre de 2018

El factor pedagógico del Duilian

Imagen de Wushu One Family

Abordar una instrucción marcial para edades muy tempranas exige la aplicación de una serie importante de estrategias para lograr adentrar en el contexto marcial a los más pequeños. La necesidad de captar su atención y desarrollar su entusiasmo por la práctica nos obliga a tener en cuenta la realidad de los niños y niñas del siglo XXI.
No podemos entrar de lleno en el entrenamiento desde propuestas tradicionales en las que la disciplina directa aparece como el primer pilar que se debe aceptar. Debemos utilizar maniobras de acercamiento y mostrar los contenidos desde los planos de comprensión y de interés propios de cada etapa cognitiva del alumnado.
Cuando introducimos el entrenamiento coreográfico marcial en la práctica, el profano en la materia lo interpreta como un fomento de entornos irreales en los que el alumnado aprende a simular cosas y se convierte, por llamarlo de alguna manera, en una especie de actor de acción dentro del contexto del arte. Resulta inadecuado fijar este pensamiento simple y sin la perspectiva docente que le corresponde.
La utilidad del Duilian (en chino simplificado: 对练) es enorme a nivel docente. No nos encontramos frente a una disciplina propiamente dicha, es decir, la naturaleza primordial del Duilian  es el apoyo a la instrucción marcial desde un plano de utilidad funcional y práctica. No analizaremos en esta entrada el factor deportivo del término, aunque nos reservamos información para un artículo más amplio próximamente sobre su realidad en competición.
Para analizar bien su significado y el ámbito que le compete dentro del entrenamiento, debemos comenzar por aclarar qué es el Duilian en las artes marciales chinas.
Los estilos tradicionales, al menos una gran parte de ellos, incluyen entre sus estructuras formativas lo que denominamos «Formas a dos personas». Estas secuencias son encadenamientos técnicos que contienen algunas propuestas de aplicación de las técnicas contenidas en las formas en solitario o Taolu (en chino simplificado: 套路). Estos encadenamientos técnicos se realizan entre dos personas en las que cada una asume un rol determinado dentro de un planteamiento previo de acción y reacción.
Estas formas a dos personas constituyen un punto de partida de estudio e investigación personal en el arte. Fijan un parámetro de referencia desde el que los estudiantes, poco a poco, van incorporando a su subconsciente una lógica de interpretación de lo que aparece en la forma en solitario y de cómo se aplica esto a una situación de combate real. A veces esta labor de traducción no ha sido correctamente entendida por muchos maestros y profesores y, por desgracia, el arte se ha visto mermado por ello.
El moderno Wushu deportivo (en chino simplificado: 武術) es la máxima expresión de esta disociación desarrollando un modelo gimnástico deportivo desde la idea de las formas y volcando/adaptando, en la medida de lo posible, la técnica combativa a una disciplina deportiva de contacto como es el Sanda (en chino simplificado  散打). Aunque ambos estratos no terminan nunca de encontrarse, no señalamos esto como algo negativo si no perdemos la perspectiva de lo que es un arte marcial y de lo que es un deporte.
Para el tradicionalista marcial, la necesidad de interpretar y representar las numerosas aplicaciones contextualizadas de la técnica que aparecen en la forma, se convierte en una tarea imprescindible y a la vez colosal.
El trabajo de gestión de la distancia, de bases fundamentales de acción, de desplazamientos y, entre otros muchos otros, de adecuación de los reflejos en un marco de acción arquetípico, debe ser orquestado para que la parte más profunda del artista marcial disponga de infinitos recursos de combinación que le permitan poder articular sus respuestas a situaciones imposibles de prever.
Es un proceso muy similar al del compositor musical que desarrolla sus partituras utilizando infinitas combinaciones y modulaciones de apenas 12 tonos.
La gran complejidad de la acción marcial es que el concierto ocurre de forma inesperada, la interpretación debe ser perfecta y, además, debe coincidir con el diseño inmediato de una composición efectiva que combine todos estos elementos introducidos durante años de práctica.
Que decir cabe que esto, a simple vista, parece un imposible, pero por más que nos lo parezca hay miles de maestros que han demostrado y validado la fiabilidad del proceso. En la práctica marcial, el compositor, el intérprete y el director son, llegado el caso de la lucha, la misma persona.
Volviendo entonces a las formas de dos personas, podemos verlas como una canción de referencia que nos ayude a conocer cómo se articulan las diferentes técnicas, como se transforman, qué inercias producen, en qué dirección nos mueven, etc.
Estas formas a dos personas son la base que justifica el trabajo libre del Duilian. Un contexto predefinido, un protocolo de acción que debe estudiarse y que debe afinarse para que el aprendizaje colateral indirecto ocurra casi sin que seamos conscientes de ello. Lo somos en el momento en el que empezamos a ver con claridad múltiples posibilidades de utilización de movimientos aparentemente simples contenidos en el marco de una u otra forma de cualquier estilo.
Partiendo de esta base, tal y como nos enseñan textos clásicos como el Arte de la guerra o el Daodejing, hay que abordar la forma y, posteriormente, abandonar la forma. Es aquí donde el Duilian  se convierte en imprescindible.
Los pequeños no entienden de aplicaciones indirectas o interpretaciones; estas complejidades técnicas le son ajenas y su mundo se basa en experiencia, sensaciones y emociones. La práctica debe tener esto en cuenta si quiere sobrevivir en las nuevas generaciones, debe plantearse como un juego creativo que les permita desarrollar todo el potencial disponible en estas edades, tanto creativo como interpretativo.
Debemos recurrir como profesores a la aplicación de aquellos elementos que faciliten la comprensión al alumno, y que le permitan disfrutar de su capacidad de imaginación, de una experiencia dinámica y, sobre todo, de sentir las emociones asociadas a una actividad puramente artística en estos primeros estratos del estudio.
El Duilian es, básicamente, una coreografía de combate simulado. Es un breve teatro interpretado por los alumnos en los que ellos mismos definen cuáles van a ser sus roles en la contienda, ellos van a fijar el punto de partida, el conjunto de acciones intermedias y la resolución final.
A muchos les puede parecer un ejercicio de violencia o agresividad, pero nada más lejos del resultado final. El alumno aprende a interpretar la técnica en un contexto mutable, la define y la regula según los parámetros en los que el grupo logra ponerse de acuerdo. El factor social de esta práctica está muy por encima de otros propios de las disciplinas convencionales. Los participantes proponen movimientos, los desarrollan, los debaten y los fijan de común acuerdo.
El conflicto es permanente en este tipo de diseños en los que el profesor aparece como guía del proceso, proponiendo ideas, fijando perspectivas de reflexión sobre lo que los alumnos deciden, regulando la interacción, tanto la comunicativa de base como la del conflicto de ideas que surge siempre de forma inevitable.
Los liderazgos aparecen de forma manifiesta en estos ejercicios, pero también gana peso la fuerza de las decisiones grupales, sobre todo cuando en la exposición de los ejercicios los propios alumnos observan los resultados de trabajos verdaderamente colaborativos frente a trabajos exclusivamente autoritarios. Estas realidades se ponen encima de la mesa cuando el conjunto completo de la clase analiza y evalúa lo que se acaba de exponer en la sala.
Además de este carácter de interacción social, de colaboración y de aprendizaje colaborativo, el ejercicio en sí mismo es muy exigente a nivel imaginativo. El grupo debe definir la estructura espacial que ocupará su diseño, deben establecer un orden de procedimientos, un ritmo, una precisión y una jerarquía de acciones adecuada a su idea original. Este tipo de esfuerzo tiene una gran repercusión en la forma en la que, de forma individual, aprenden posteriormente a organizar el entrenamiento y comprenden cómo se va articulando el proceso de interiorización de la técnica.
Del mismo modo, la necesidad de repetición, de afinar las acciones para que sean convincentes, les obliga a interiorizar, sin mucho razonamiento de interferencia, que tan solo el esfuerzo mantenido en el tiempo permite el desarrollo de las potencialidades, tanto individuales como grupales. Disponer de este recurso de ejemplo, experimentado en primera persona por todos y todas los que participan en el ejercicio, es de gran valor para el profesor que intenta fomentar estos valores en el seno de su escuela.
La adecuación de la técnica a las singularidades de los compañeros también enseña al alumno la necesidad de modular la técnica, de ajustarla a las condiciones del oponente y a la posibilidad de que otros actores intervengan en mitad de su acción. Esta perspectiva de 360° es difícil de conseguir exclusivamente desde la explicación teórica en el marco de una forma de mano vacía.
La realidad siempre supera a cualquier presupuesto que hagamos, pero la posibilidad de que los entornos de combate incluyan a más de un oponente no es ninguna locura, es más bien una obviedad que no podemos saltarnos a la hora de instruir.
Del mismo modo, la definición visual de la técnica, el control del impacto y de las distancias, el desarrollo de formas de caída no lesivas y la complicidad visual de los luchadores, aportan un nuevo paquete de ventajas formativas inmejorables para aumentar la habilidad del artista marcial en cada uno de estos campos.
Finalmente, cuando el trabajo de planteamiento inicial, diseño, desarrollo y ejecución está finalizado, es el momento del análisis del trabajo, de la comparativa con acciones reales, de su representación en los momentos de las formas individuales en los que aparecen las técnicas que han empleado en el conjunto del ejercicio. Todo ello permite cerrar un ciclo de aprendizaje repleto de contenidos con significado, pleno de momentos que recordar y de anécdotas que permiten encajar el arte en el terreno de lo personal, fin último de cualquier práctica marcial tradicional.
Hemos querido dar una perspectiva más técnica del ejercicio para aclarar, sobre todo para aquellos que no conocen en qué consiste el Duilian, por qué es una parte importantísima del entrenamiento marcial chino, por qué está vinculado al progreso interior del alumno en las bases del arte, por qué influye en su entusiasmo por el aprendizaje marcial y, sobre todo, en qué medida afecta a que sus practicantes sean más comunicativos, más empáticos y más realistas sobre las consecuencias de las acciones que están aprendiendo en sus escuelas.
Tenemos una gran herramienta para la enseñanza que debe ser explorada con más ahínco, tanto por los propios artistas marciales como por los docentes que buscamos actualizar nuestra labor en un mundo marcial en permanente transformación.
Fran Soriano 11/2018

  


sábado, 27 de octubre de 2018

Filosofía, valor y disciplina



Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás 
(René Descartes)
A veces suelo salir a caminar para poner en orden las ideas que después pretendo plasmar en este espacio. Creo que me resulta imposible clarificar las ideas si no me encuentro en el contexto más simple posible, es decir, un espacio en el que apenas quedemos algo más que yo, el espacio y mi mente.
En estas caminatas no suelo definir un tema en concreto, creo que más bien llego a ellas con el tema ya germinado en mi interior. Esta idea se convierte en una especie de pelota inicial que da pie a un ejercicio muy singular, al menos yo la interpreto de esta forma. Esta pelota decide dos aspectos de mí que desarrollarán el juego de la imaginación para dar a luz un texto con algún sentido para mí.
Caminar se convierte entonces en un proceso en el que me suelo dividir en dos partes. Una que verbaliza interiormente las reflexiones que esa idea germinal le va suscitando, una especie de monologúista que pretende contar una historia o un grupo de reflexiones entrelazadas sobre una idea de fondo. La otra es un espectador silencioso que observa el desarrollo del monólogo sin apenas intervenir para nada, es decir, una parte de mí se convierte en pura observación para percibir todo lo que la otra, la que no para de construir estructuras lógicas, memorísticas, desenlaces y posibilidades, crea de forma objetiva introduciendo y descartando todo aquello que encaja o no.
En este caminar dividido dejo a veces  de recordar el camino, dejo de sentir el tiempo y dejo de comprender qué hago, más allá de ser testigo y actor de una misma comedia quizá innecesaria..
Este proceso, que dura un lapso de tiempo indeterminado, me ofrece siempre un desenlace cargado de luces, de perspectiva, de conciencia clara de lo importante que resulta para mí articular este proceso como forma de poner en orden mis ideas, de depurarlas y confrontarlas con mi memoria, con mis  experiencias, con mis expectativas y con mis ilusiones. Me gusta imaginar que en estos momentos simplemente estoy filosofando.
Cada día me convenzo más de que es un proceso productivo fundamental, no solo para poder crear los contenidos que reflejo en mis diferentes blogs, también para articular mi propia interioridad separando claramente mi faceta de observador de mi faceta de creador. Ambos son los polos fundamentales de mi mundo interior.
No concibo la vida sin esta forma de filosofía que, en mi caso, se convierte en trascendental y que, en mi profesión como docente, me perfila con corrección una forma de transmitir mis ideas en una especie de sparring entre mi parte llena y mi parte vacía, mi yin y mi yang inseparables.
Así llego a muchas conclusiones y afianzo mi potencial expresivo y comunicativo para mis alumnos y para mí mismo. A la vez, desarrollo mi capacidad de abstracción absoluta, de concentración, de entrega a la actividad que una práctica como la nuestra nos demanda permanentemente.
Reflexionando sobre estos temas en mi caminar de hoy, me resuenan cuestiones como las de un alumno que descartaba la utilidad de la filosofía dentro de la práctica marcial como una vía funcional. En su opinión, los sistemas tradicionales abusan de la filosofía en sus concepciones y pierden por ello funcionalidad práctica y utilidad de aplicación en el desarrollo de sus propuestas marciales.
Es evidente que en los comienzos, y más partiendo del sistema educativo del que venimos, sobra todo porque pesa, preferimos simplificar y sentir que se puede llegar velozmente y casi sin esfuerzo a esa cima que nos hemos fijado de antemano.
La filosofía, al igual que  la etiqueta, el ritual, la simbología, el estudio histórico y otros muchos elementos que son imprescindibles para el constructo total armónico y holístico del camino del guerrero, aparecen en la mente del principiante impaciente en forma de lastre desdibujando lo único aparentemente importante de la práctica marcial, que para el caso le resulta ser el combate y todo aquello inmediato que sirve para ganarlo.
Querer simplificar el camino no es lo mismo que querer reducirlo, ya hemos hablado de esto en muchas ocasiones. Sin embargo, al despojar de estos elementos la práctica, corremos el riesgo de sufrir lo que se está sufriendo en la educación de nuestros hijos e hijas. Menospreciar y descartar las humanidades como eje fundamental de su formación como personas equilibradas y útiles para la sociedad tiene un coste humano incalculable.
Nos acabamos convirtiendo, casi sin darnos cuenta, en suministradores de datos para máquinas que acabarán sustituyendo nuestras funciones. Nos reducimos a meros mecanismos de reproducción y consumo que poco o nada tienen que ver con lo que en esencia creo que significa «ser humano».
Humanizar la práctica marcial no es más que esto, es adecuar sus diferentes dimensiones, tanto formativas como experienciales, a las leyes fundamentales de la vida, y la filosofía es una de ellas. Es preciso que lo que entendemos como procesos de formación partan de una comprensión absoluta de que formarse no es solo aprender de memoria cosas útiles y funcionales para trabajar, es construir un carácter y una forma de pensar y de actuar que nos permita crear, imaginar, discernir, decidir y articular correctamente el uso de nuestro conocimiento adquirido.
No podemos separarnos de nuestras reflexiones y tampoco podemos hacerlo de nuestra capacidad de alimentar un subconsciente que tiene una forma diferente de trabajar; opera desde otras dimensiones que seguimos realmente sin conocer.
Nuestra práctica se nutre fundamentalmente de este apartado, lo subconsciente está presente en todo a lo que apunta el entrenamiento y es por ello que debemos estructurar nuestra forma de alimentarlo, de hacer emerger los resultados de su actividad y de ser capaces de aplicar positivamente este resultado para la vida.
Nuestro entrenamiento requiere una gran disciplina que debe cargarse de sentido lógico para que podamos soportarla en el tiempo, durante todo lo que dura una vida. Practicar artes marciales es otra forma de abordar este diálogo filosófico entre nuestra parte creativa y nuestra parte receptiva, es una fórmula más como otras, que no descarta los peores escenarios que pueden acontecer en la vida de cualquier individuo.
La soledad, la enfermedad, el sufrimiento o la muerte, son desgracias que forman parte de lo que somos, son posibilidades que están siempre ahí y que no podemos descartar. En la formación marcial buscamos el desarrollo de un carácter que nos permita enfrentarnos a estos sucesos, tanto en el plano físico, como en el mental y en el espiritual. Afrontar las dificultades inherentes a la vida, al conflicto y sus mil manifestaciones, nos exige una actitud adaptativa, positiva y optimista. También nos pide ser resolutivos y capaces de tomar decisiones en fragmentos muy cortos de tiempo, por lo que la mayoría de las reflexiones de base deben estar tomadas mucho antes de que nos enfrentemos al momento exacto que las demande. Parece ilógico pero en realidad no deja de ser así.
Enfrentarse a este tipo de situaciones, de conflictos, de riesgos vitales, activa el entramado de relaciones psico emocionales que hemos desarrollado a lo largo de nuestra vida. Nuestros instintos de supervivencia entran a veces en conflicto con estos entramados que nos envuelven y que pueden congelar nuestro potencial de respuesta, de acción e incluso de disolución antes de que el evento ocurra.
Esto requiere poder adiestrar nuestras emociones, nuestro intelecto y nuestro cuerpo. Y el entrenamiento debe unificar a todos los elementos porque, en esencia, todos ellos nos conforman y están plenamente involucrados en cada cosa que nos ocurre.
Muchos me preguntan cómo puede entrenarse el valor, cómo podemos derrotar al miedo, cómo podemos estar serenos ante cosas terribles. Ojalá tuviese la respuesta racional inmediata y cierta a estas cuestiones.
En realidad la práctica marcial sí tiene estas respuestas. Pero no son respuestas simples, no son sencillas y no están exentas de implicación personal objetiva para entenderlas. No pueden llegar completamente desde fuera, debemos rescatarlas desde dentro en este proceso continuo de unificación de todo lo que somos, en un eje de trabajo que no descarte nada.
Es por eso que la base de entrenar el valor, las emociones, la razón o el cuerpo, es precisamente un entrenamiento continuo, consciente, transferido permanentemente a la vida, tanto en sus reflexiones filosóficas como en los principios trascendentales que todos los grandes maestros se esfuerzan en comunicarnos.
Debemos esforzarnos por cultivar un carácter estable e incorruptible. Podemos fundamentar este cultivo en unos valores humanos enfocados hacia el bien, la bondad, la generosidad y la humildad. Solo podemos dominar nuestras emociones cuando el director de orquesta de todas ellas es el amor que tenemos en nuestro corazón.
Podemos progresar en esta vía siendo sinceros siempre, siendo coherentes con nuestra esencia desenterrada, no lamentándonos frente a las adversidades minúsculas que a veces nos zarandean; millones de personas sufren mucho más que nosotros y lo hacen con una sonrisa en los labios.
El alma es un tesoro que debemos cultivar y debemos reflexionar y filosofar sobre ello. Las artes marciales tradicionales nos ponen frente a nosotros mismos para que aprendamos esta forma de cultivo, para que no nos queden manchas en el cristal en el que necesitamos vernos reflejados. La filosofía, el valor, la disciplina que queremos que nos dé la práctica, deben ser creados por nosotros mismos de la misma forma que lo hacemos con la mayoría de las cosas importantes de la vida: la amistad, la familia, la salud o la esperanza.
Nada llega desde fuera con la digestión hecha, debemos alimentar el alma para que nuestro subconsciente digiera el contenido, para que nuestra reflexión y nuestra razón bien equilibradas nos susurren al oído, de la misma forma que nos habla Dios, que sin duda estamos haciendo lo correcto.

jueves, 4 de octubre de 2018

Un medio para afilar el espíritu



«Un par de hombres lanzaron gritos de guerra, y los dos primos se vieron rodeados por los colmillos de una jauría de lobos, con alabardas, lanzas y espadas por todos los lados. Los gritos de los hombres y el estrépito de las armas al chocar se mezclaban con el rugido del viento, y el lugar se convirtió rápidamente en un horrible torbellino de guerra.»
Eiji Yoshikawa

Cuando tratamos los elementos de seguridad relativos a la práctica marcial tradicional solemos encajarlos en escenarios muy lejanos a la realidad actual de nuestra sociedad.
La práctica con armas largas, sables, lanzas, espadas, parece una práctica enfocada al pasado que no tiene ninguna utilidad real en estos tiempos que corren. Es cierto, no tienen una utilidad marcial real inmediata, no hay que ser un lince para concretar este punto.
La ley prohíbe llevar hasta una navaja en el bolsillo para la autodefensa. Quizá estas leyes están pensadas partiendo de una base social estable, bien educada y que dirime sus disputas con el verbo en vez de con la hoja.
Por otro lado, no podemos sino congratularnos de que esta sea la realidad en la que vivimos, por lo menos en España. Mejor mil veces esto que un escenario en el que los individuos portan sus armas de filo por la calle y miran de soslayo como si el reto estuviese a la vuelta de la esquina. Imaginar un mundo así no sería sino un retroceso que nos devolvería a un modelo social, en apariencia, mucho más cruento y despiadado en el que las disputas se solventan a espadazos o a disparos.
Sin embargo, pese a esta aparente calma social, no pondría mi mano en el fuego a la hora de certificar que la norma se cumple siempre y en todos los casos.
Las artes marciales heredan parte de estas concepciones sobre el honor y su restitución por medios que no son aceptables en nuestra sociedad moderna. Conscientes de esta incongruencia existencial, las disputas se dirimen en otros foros y la práctica marcial queda circunscritas a entornos de significado mucho más espirituales y, quizá, menos prácticos de forma directa.
Vivimos en un estado de derecho y la violencia, como tal, es potestad del estado que somos todos, motivo que nos obliga a reinterpretar estas prácticas desde un sentido de orden mayor.
Quizá, el primero de estos motivos es el mantenimiento de una tradición que conserva unidas la práctica de mano vacía con la de armas, haciéndolo en un modelo de sinergia de uso de gran importancia para la comprensión de las estructuras de distancia y los límites de supervivencia reales en un combate. Estos son los ámbitos que explora cualquier artista marcial que profundiza en el estudio de su estilo.
El arma nos presenta una realidad descarnada, un sentimiento que sigue existiendo en un inconsciente colectivo demasiado reciente para borrarlo del todo. El manejo de la espada es de las prácticas que más sorprenden cuando observamos a los más pequeños iniciarlas en contextos de juego. Se aprecia de inmediato una cierta naturalidad de uso que no tiene mucha explicación racional, sobre todo cuando hablamos de edades muy tempranas.
Es cierto que la divulgación cinematográfica hace bien su trabajo y nos plantea mundos irreales en los que las espadas siguen cumpliendo una función determinada. Pero estas influencias no siempre surgen directamente hacia la infancia, se manifiestan quizá en edades posteriores.
Esta fijación por el trabajo con sables, cuchillo, espadas, lanzas y otras amplificaciones de nuestras estructuras corporales, con finalidades ofensivas o defensivas, se nutre de un carácter profundo del individuo por indagar avanzando hacia supuestos operativos cada vez más complejos.
Cuando combatimos con armas deportivas con personas más pequeñas, con niños o con cualidades físicas con menor rendimiento que las nuestras, lo primero que observamos es un equilibrio inmediato de la balanza en términos de peligrosidad. El arma equilibra estas diferencias físicas y eso es uno de los argumentos que ha justificado, desde el origen de los tiempos, su inclusión en los estilos marciales tradicionales.
El uso de armas no es coyuntural, es imprescindible hasta el punto de que no tiene sentido el soldado antiguo sin sus armas para la guerra, una guerra que aunque no nos guste resaltarlo, es la semilla de las frutas que ahora pretendemos saborear.
El contexto deportivo nos permite un modo de aproximación a estas realidades pasadas y a comprender la crudeza de nuestra historia, la realidad de lo que fuimos y lo que podemos volver a ser si lo olvidamos.
Una espada no tiene nada que hacer ni que decir frente a una granada o un misil disparado desde un dron. No son tiempos para esto. No podemos enfrentarnos a alguien con un AK47 con una simple hoja de acero afilada. Es hora de afrontar esta realidad y comprender que una parte del verdadero significado del entrenamiento con armas es que forman parte indisoluble del espíritu guerrero que subyace en nuestros estilos. Todos nacen en épocas históricas en las que el uso de las armas era una constante. Épocas en las que las injusticias se cometían con ellas y eran ellas las que intentaban impedirlas en manos más justas. Quizá de ahí todo el romanticismo que sigue vivo sobre todo esto en nuestro acerbo popular.
Manejar armas es comprender el arte marcial en un rango más amplio de situaciones, es aproximarnos a otras realidades, explorar otros pasados y comprender nuestra fragilidad, nuestra infinita insignificancia cuando un mero trozo de hierro puede dar al traste con millones de años de evolución celular personal. Disfrutar esta experiencia, como una más del conjunto de prácticas, nos devuelve a una visión real de las cosas, del pasado y de nuestro presente.
Disfrutar desarrollando la habilidad de manejo o descubrir la lógica de uso vinculada a las características del arma son ya una justificación más que acertada para aproximarnos a este apartado.
Las armas se hicieron para herir, para cortar, para defender, para punzar y para sacar el arma del cuerpo. Estas características quedan ahora integradas de forma menos dolorosas en una dinámica de uso fluida, protegida, continua, creativa y reactiva en la que los reflejos del trabajo de mano vacía se esfuerzan por operar fuera de rango, con un acento del riesgo mucho mayor que el de un simple brazo, codo o pierna.
Quien no ha practicado con las armas en sus formas, sus bases, su combate o su imaginación, es muy difícil que comprenda toda la cantidad de beneficios directos e indirectos que aporta al artista marcial; beneficios que no se traducen en una disponibilidad directa para la autodefensa en un medio sin la herramienta, pero que impregnan nuestra experiencia combativa hasta un límite que el simple ejercicio pugilístico no puede alcanzar.
Esa es la distancia de exploración a la que nos lleva la longitud del arma, esa es la precisión sensitiva que nos aporta el filo, ese es, en definitiva, el gran motivo por el que no deberíamos excluir algo tan esencial en la vía profunda de la práctica marcial tradicional.